Noche cerrada, sin estrellas ni luna. Noche fría y tenebrosa propicia para los cuentos de espantos en el calor del hogar, a la media luz de una lámpara en la que baila una candela. Las sombras se alargan por las paredes de la casona de la hacienda, ni siquiera los grillos cantan en la soledad del páramo. Hace rato que los mayores se han ido a la cama. La negra vieja con aire de sabia es rodeada por los más jóvenes los cuales beben, gota a gota, cada una de las palabras contenidas y misteriosas de la negra Justina. Mientras los niños se acurrucan envueltos en sendas ruanas, con los ojos saltones y la carne de gallina, escuchan embelesados las consejas sobre animales extraños, carretas que vagan solitarias, lamentos de cementerios y espectros que rozan las camas.
Antonia les escuchaba desde un rincón, acomodada en un mullido sillón saboreando una taza de chocolate caliente. Un rictus de tedio se observaba en su cara. Había llegado hacía dos días de la ciudad, y ya se aburría terriblemente. Pensaba en tantas cosas y a la vez, en nada. París y Roma habían pasado como un sueño, fugaces, demasiado rápido para su gusto. Ahora volver al terruño porque, supuestamente, hacía mucha falta a sus padres y a tres hermanos varones casados y con hijos. Caracas no era la misma que había dejado atrás cuando decidió estudiar pintura en el exterior; estaba muy sucia, terriblemente insegura y con una nula vida cultural, al menos en comparación con la Ciudad Luz. Cuando la fama le comenzaba a sonreír se acabaron los dólares de papá, cuando sus cuadros empezaban a ser comentados, el imprevisto de la enfermedad de su padre y su lentísima recuperación, es decir, el perfecto comienzo de una posible vida como artista de renombre truncada rápidamente. Y ahora, en la soledad remota de la casa campestre, esperaba con cierta desesperación que sucediera algo.
El sueño le pesaba sobre los párpados, ya no se escuchaban la voz de Justina ni los gritos contenidos de sus pequeños sobrinos. Sólo el silbar de un viento tímido al principio, pero que luego fue cobrando bríos, invadía la casa. Al adormecerse le gustaba intentar capturar algún pensamiento disparatado o un pequeño sueño fugaz, pero era imposible, el cansancio le vencía. La cabeza le pesaba y sentía todo su cuerpo como si estuviera hecho de plomo. El viento había cesado, el sonido del silencio se hacía dulcemente insoportable, extraño y sospechoso.
De pronto, le pareció escuchar una risa burlona y aguda sofocada malamente, aguzó el oído y sólo le estremeció el chillido lúgubre de una lechuza. Pensaba que mejor era no irse a su cuarto, sí, allí estaría mucho mejor. Suspiros…, otra vez suspiros, gemidos lejanos parecen estar cerca del sillón. Hablan quedo, con interés de no perturbar, pero de nada sirve porque el frío le ha llegado hasta los huesos. Se escuchan pisadas fatigadas que se arrastran desde el final del corredor, involuntariamente se le eriza el pelo de la nuca, pero trata de sobreponerse preguntando en voz alta: ¿quién anda allí?… ¿Justina eres tú?… Los pasos cesan y se siente como atornillada al sillón, gotas de frío sudor perlan su frente, y, así, sin más, irrumpe en la tensa calma del salón una voz horrible de ultratumba que le advierte: “honrarás a tu padre y a tu madre”.
Su propio grito mal ahogado por la almohada la despierta de un sobresalto. El sol del otoño parisino comienza a penetrar en su apartamento de artista, pero Antonia ha vivido mucho en una sola noche, para detenerse en esos detalles. La blancura del lienzo la espera, toma casi con violencia su paleta, con frenesí pasa tres días pintando y comiendo muy poco, finalmente la obra está terminada. La presenta en su exposición del Gran Salón de París causando verdadera sensación, los críticos y periodistas no hacen más que elogiarla,… pero Antonia se presenta taciturna y pensativa, y no entiende cómo pueden alabar la representación pictórica, tortuosa y angustiada del alma de una hija, que desde hace ocho años se ha olvidado de sus padres.