CAOS

Lo que venga

Nombre: Regino

martes, febrero 15, 2005

Leyendo a Dostoievsky

Hay tres momentos de Crimen y Castigo que son de antología. Primero, el torturante pasaje en el que Rodión Raskolnikoff –estudiante de Derecho-, antes de cometer su asesinato, busca ideológicamente una justificación para su futuro crimen y no contento con ello, prácticamente se convence de la perentoria necesidad de aquél hecho; como si aquello fuese una necesidad para alcanzar el bienestar de la humanidad. Hasta tal punto puede llevar el orgullo y el resentimiento humano.
Número dos, probablemente una de las escenas más tensas e impactantes de los libros que he leído: en un miserable cuartucho, Raskolnikoff se encuentra con Sonia –quien ha sido empujada por la indigencia de su familia a prostituirse-, no obstante, Sonia se sostiene en pie moralmente, humillada mas no doblegada, tanto así que comienza a querer a Raskolnikoff, pero éste no entiende cómo puede Sonia tener algo de esperanza en la vida o albergar un sentimiento noble hacia alguien, llevando una vida sumamente desgraciada. “¿Qué es lo que te mantiene?” la increpa violentamente Raskolnikoff. Y Sonia comienza a leerle en voz alta y firme un pasaje de los Evangelios.
El final lo dejo para que el lector se atreva a descubrirlo. Reconozco que me sorprendió más aún, fue algo totalmente inesperado, al menos para mí. Alguien dijo que los rusos tenían una especial maestría para plasmar los misterios y dramas del alma humana. Es cierto. ¡Qué importa que sean rusos! al fin y al cabo, el ser humano es el mismo, quizá sea ésta la clave para entender al menos una de las características de lo que se llama un clásico de la literatura. Nunca pierden actualidad, jamás envejecen.

La Espera

Noche cerrada, sin estrellas ni luna. Noche fría y tenebrosa propicia para los cuentos de espantos en el calor del hogar, a la media luz de una lámpara en la que baila una candela. Las sombras se alargan por las paredes de la casona de la hacienda, ni siquiera los grillos cantan en la soledad del páramo. Hace rato que los mayores se han ido a la cama. La negra vieja con aire de sabia es rodeada por los más jóvenes los cuales beben, gota a gota, cada una de las palabras contenidas y misteriosas de la negra Justina. Mientras los niños se acurrucan envueltos en sendas ruanas, con los ojos saltones y la carne de gallina, escuchan embelesados las consejas sobre animales extraños, carretas que vagan solitarias, lamentos de cementerios y espectros que rozan las camas.
Antonia les escuchaba desde un rincón, acomodada en un mullido sillón saboreando una taza de chocolate caliente. Un rictus de tedio se observaba en su cara. Había llegado hacía dos días de la ciudad, y ya se aburría terriblemente. Pensaba en tantas cosas y a la vez, en nada. París y Roma habían pasado como un sueño, fugaces, demasiado rápido para su gusto. Ahora volver al terruño porque, supuestamente, hacía mucha falta a sus padres y a tres hermanos varones casados y con hijos. Caracas no era la misma que había dejado atrás cuando decidió estudiar pintura en el exterior; estaba muy sucia, terriblemente insegura y con una nula vida cultural, al menos en comparación con la Ciudad Luz. Cuando la fama le comenzaba a sonreír se acabaron los dólares de papá, cuando sus cuadros empezaban a ser comentados, el imprevisto de la enfermedad de su padre y su lentísima recuperación, es decir, el perfecto comienzo de una posible vida como artista de renombre truncada rápidamente. Y ahora, en la soledad remota de la casa campestre, esperaba con cierta desesperación que sucediera algo.
El sueño le pesaba sobre los párpados, ya no se escuchaban la voz de Justina ni los gritos contenidos de sus pequeños sobrinos. Sólo el silbar de un viento tímido al principio, pero que luego fue cobrando bríos, invadía la casa. Al adormecerse le gustaba intentar capturar algún pensamiento disparatado o un pequeño sueño fugaz, pero era imposible, el cansancio le vencía. La cabeza le pesaba y sentía todo su cuerpo como si estuviera hecho de plomo. El viento había cesado, el sonido del silencio se hacía dulcemente insoportable, extraño y sospechoso.
De pronto, le pareció escuchar una risa burlona y aguda sofocada malamente, aguzó el oído y sólo le estremeció el chillido lúgubre de una lechuza. Pensaba que mejor era no irse a su cuarto, sí, allí estaría mucho mejor. Suspiros…, otra vez suspiros, gemidos lejanos parecen estar cerca del sillón. Hablan quedo, con interés de no perturbar, pero de nada sirve porque el frío le ha llegado hasta los huesos. Se escuchan pisadas fatigadas que se arrastran desde el final del corredor, involuntariamente se le eriza el pelo de la nuca, pero trata de sobreponerse preguntando en voz alta: ¿quién anda allí?… ¿Justina eres tú?… Los pasos cesan y se siente como atornillada al sillón, gotas de frío sudor perlan su frente, y, así, sin más, irrumpe en la tensa calma del salón una voz horrible de ultratumba que le advierte: “honrarás a tu padre y a tu madre”.
Su propio grito mal ahogado por la almohada la despierta de un sobresalto. El sol del otoño parisino comienza a penetrar en su apartamento de artista, pero Antonia ha vivido mucho en una sola noche, para detenerse en esos detalles. La blancura del lienzo la espera, toma casi con violencia su paleta, con frenesí pasa tres días pintando y comiendo muy poco, finalmente la obra está terminada. La presenta en su exposición del Gran Salón de París causando verdadera sensación, los críticos y periodistas no hacen más que elogiarla,… pero Antonia se presenta taciturna y pensativa, y no entiende cómo pueden alabar la representación pictórica, tortuosa y angustiada del alma de una hija, que desde hace ocho años se ha olvidado de sus padres.

lunes, febrero 14, 2005

Mitos y Realidad

Son bastantes conocidas por todos las ácidas críticas dirigidas contra los cuentos, fábulas, mitos, o leyendas que la humanidad ha elaborado con el pasar del tiempo. De hecho, en el ámbito de lo cotidiano es común escuchar: “¡No me vengas con cuentos!”, como normal reacción ante quien de alguna forma nos comunica un embuste . El mundo de la fantasía es visto por algunos con cierto desdén. Dicha actitud nos recuerda a quien, si se le pregunta qué tal le ha parecido El Principito de Saint-Exupery, contesta: “es un bonito libro para niños”, no quedando otra opción que concluir, que aquella persona no entendió que es también un libro para adultos, y que plantea cuestiones bastante serias. No obstante, es un hecho que lo que para muchos puede parecer relatos “de evasión” cargados de situaciones absurdas que aparentemente no tienen nada que ver con lo racional y el presente de los individuos, para otros en cambio, implican, una secreta fuente de inspiración, de recreación, e incluso de aprendizaje. ¿Aprendizaje de qué?... ¿acaso tienen algo que enseñar los habitantes de la Tierra Media, del Popol Vuh o del Olimpo?... ¿Qué razón puede explicarnos el “misterioso” éxito que a lo largo de la historia de la humanidad siempre han tenido los mitos, cuentos y leyendas?.
El ser humano como entidad compuesta de materia y espíritu siempre ha necesitado de caminos, modos o formas por los cuales plantear sus grandes inquietudes ante toda una gama de situaciones que la realidad presenta, ante las cuales, la razón humana no encuentra una fácil respuesta. La experiencia del sufrimiento, del amor, de la muerte, de desastres naturales, guerras y también ¡cómo no!, el tan acariciado anhelo por alcanzar un bienestar definitivo, ya sea aquí en la tierra o en un mundo trascendente. Estas siempre han sido cuestiones acuciantes para los hombres de todos los tiempos. El hombre a lo largo de la historia, no se cansa de buscar respuestas sobre cuál es la razón de su existencia y del mundo que lo rodea o sobre la existencia misma del bien y del mal.
Por otra parte, se ha dicho que la literatura es principalmente representación. ¿De qué?... de los afanes del alma humana. La literatura es como un gran espejo donde contemplamos las vicisitudes de los hombres en ese largo camino en busca de sí mismos y, -partiendo de la realidad- de las respuestas a las incógnitas que los trascienden. Ella se nutre de los relatos, vivencias, tradiciones orales, leyendas, los cuales abordan temas cruciales para el ser humano, pero que son muchas veces presentados en forma de cuentos, de mitos, de manera que la inteligencia pueda captar más adecuadamente la realidad de lo sublime e inefable que nuestra existencia contiene.
Llegados a este punto tendremos que sonreír con indulgencia ante quien – quizás sin pensarlo mucho- comenta que los mitos presentados en la literatura fantástica son un mero recurso de “escapismo”, de huída de la realidad, de bobería no superada de la infancia. Pareciera que se desconociera la elocuencia y agudeza de una metáfora o de una analogía. Pareciera que lo único válido para la razón es lo medible y cuantificable. Tolkien, cuya figura no necesita presentación, nos recuerda en una de sus cartas –algunos excelentes fragmentos están en la semblanza realizada por Joseph Pierce- sobre la verdad que se encuentra detrás de los mitos. Ciertamente en este caso las apariencias engañan. Pues los mitos siempre expresan realidades contundentes, profundas, salvo que de manera “velada” para el natural proceso de razonamiento, lo que no quiere decir que sean totalmente inasequibles para el hombre, aunque un grupo de ellas lo sea en parte. Los mitos son el intento humano por plasmar verdades sublimes y hacerlas inteligibles a los hombres, son hechura de la imaginación humana pero no sólo de ella, pues de la realidad de las cosas necesariamente se nutren. En definitiva, la inteligencia se vale de la imaginación para penetrar en la “oscuridad” -¿o claridad?- de lo misterioso.
Indudablemente no todo el contenido de lo mitos es verdad. Pero es innegable que contienen parte de ella. Tolkien aseveraba que los mitos eran inspirados por Dios en la mente de los poetas antiguos para que cualquier hombre atisbara fragmentos de la Verdad mediante sus poemas. En realidad la intención de los mitos es la de introducir al hombre en los caminos oscuros de lo trascendente, quien sólo busca en ellos una fábula para pasar el tiempo, sencillamente no sabe lo que se pierde.

viernes, febrero 11, 2005

En busca de Centro Europa

Cualquier viaje fuera del país representa una aventura. No recuerdo quien dijo que al viajar al exterior se iniciaba también otro viaje hacia tu propio país de origen. Creo que es verdad. Apenas he tenido la oportunidad de pisar algunos metros fuera de mi frontera y ya no puedo dejar de comparar, de analizar, de intentar comprender otras visiones de la vida hechas por los "mismos" seres de carne y hueso. También se conoce y se valora lo nuestro. Ante la posibilidad de emprender con un gran grupo de compañeros un pequeño tour el próximo agosto, en plan mochilero y durmiendo en la segunda clase de un tren, visitando Praga, Cracovia, Viena, Berlín y Colonia, practicando ein deutsch de cuatro meses en Colonia y un inglés forjado entre el Colegio un poco de Berlitz, algo del British C. y U2,... ya se me comienzan a dilatar las pupilas acompañada de comezón en los pies. Patear una ciudad, tomarse algo en grupo al borde una gran plaza cantando y rasgueando una guitarra.
Mirar... ¡vaya un placer!: el sentido más noble merece que se le trate bien con una famosa pinacoteca o ante un altar barroco, oler un aereopuerto nuevo y buscar la puerta de salida, escuchar a un violinista callejero que toca algo de Bach, gustar un buen vaso de cerveza con papas y costillas de cerdo,... y en Alemania me consta que la comida no es mala. Obviamente, ni es Italia pero tampoco Inglaterra. Contemplar desde lo alto de un campanario gótico, magistralmente tallado, aquellas hormigas que pululan, sufren y sueñan: universos de carne, galaxias completas que deambulan en taxi o en bicicleta, mientras yo intercambio palabras con una gárgola pétrea.
Bueno, hay que aterrizar, rebuscar un dinerillo. Ya veremos si mañana llega. De momento, si en la Cota Mil no hay cola "voy en góndola"...

jueves, febrero 10, 2005

Comenzando

Después de escuchar conversar a mis amigos sobre un Blog, y de atender a sus explicaciones sobre este "mundo", he concluido que es una forma desestresante de compartir opiniones, con el beneficio para mí de que me obliga a escribir -y poner en limpio- algunas cosas de la olla de presión que está sobre mi cuello. Veremos.